ES AHORA: Desafíos de las juventudes en el sector cooperativo y mutual


Las juventudes no son únicamente el futuro del sector cooperativo-mutual: son su presente más urgente. Los desafíos que enfrentamos —desde la transformación territorial hasta la integración tecnológica y la revitalización de la participación social— requieren de nuestra energía, creatividad y compromiso.

Por Lic. Guido Gasparrini

Un movimiento en renovación

La Economía Social ha sido, a lo largo de la historia, uno de los pilares firmes en la construcción de comunidades más solidarias y resilientes. Surgido como una respuesta colectiva a necesidades concretas —salud, educación, vivienda, cultura—, este movimiento se ha sostenido gracias a valores como la cooperación, la ayuda mutua y la participación democrática.

Sin embargo, el mundo actual es muy diferente al que vio nacer a muchas de estas organizaciones. Las transformaciones tecnológicas, los cambios en las formas de vincularse, la globalización y las nuevas demandas sociales han modificado tanto los problemas como las formas de encararlos. Y en ese escenario, las juventudes se presentan como una pieza clave para renovar y proyectar al sector hacia el futuro.

No se trata de un recambio generacional puramente formal, sino de abrir paso a nuevas maneras de pensar y hacer, reconociendo que las juventudes tienen capacidades únicas para abordar los desafíos contemporáneos. Entre ellos, podemos destacar tres ejes fundamentales: protagonizar procesos de transformación territorial, aprovechar las herramientas tecnológicas actuales para fortalecer el sector y volver a contagiar las ganas de participación social, con la mirada puesta en mejorar la calidad de vida de las comunidades.

1er Desafío: Protagonizar procesos de transformación territorial

En el marco del cooperativismo y el mutualismo, transformar un territorio significa generar cambios que fortalezcan el tejido social, potencien la economía solidaria, promuevan la equidad y garanticen el acceso a derechos básicos. Es un concepto integral que abarca la salud, la educación, la cultura, el deporte, el medio ambiente y todas las dimensiones que conforman la vida comunitaria.

Las juventudes tienen un papel central en este proceso. La mirada fresca, su capacidad para cuestionar lo establecido y su energía para llevar adelante cambios son insumos valiosísimos en un mundo que necesita respuestas rápidas, creativas y sustentables. Las estructuras institucionales deben ser lo suficientemente flexibles para abrir espacios de decisión reales a los más jóvenes. 

Es necesario construir instancias donde puedan liderar desde la concepción hasta la ejecución de proyectos. De esta manera, el protagonismo no sería un eslogan, sino una práctica cotidiana que vincule las potencialidades de la juventud con las necesidades reales del territorio. La transformación territorial, impulsada por juventudes comprometidas, no solo mejora la calidad de vida de la comunidad en el presente, sino que también siembra las bases para un sector más adaptado, resiliente y con mayor legitimidad social en el futuro.

Es menester de las juventudes tomar la posta, proponer ideas, diseñar proyectos, articular esfuerzos y ejecutar acciones que produzca resultados palpables en las comunidades. 

2do Desafío: Facilitar herramientas tecnológicas actuales en pos del sector

En un mundo interconectado, donde la información y la comunicación se mueven a velocidades inéditas, la Economía Social no puede quedar al margen de la revolución tecnológica. Sin embargo, la realidad muestra que muchas organizaciones aún utilizan la tecnología de manera limitada, sin explotar todo su potencial para fortalecer la identidad, la gestión y el alcance de sus servicios.

Las juventudes, por su familiaridad y fluidez en el uso de entornos digitales, pueden actuar como “facilitadores tecnológicos”: personas capaces de tomar herramientas modernas y adaptarlas a la lógica solidaria y democrática del cooperativismo y el mutualismo. Esto implica no solo saber manejar redes sociales o plataformas, sino también comprender cómo las nuevas tecnologías pueden ser puestas al servicio de los valores y objetivos de la organización.

Algunas oportunidades que se abren:

  • Plataformas de gestión comunitaria que permitan a los socios acceder a información, pagar cuotas, proponer ideas o inscribirse a actividades desde su celular.

  • Campañas digitales de visibilización para difundir causas, proyectos y resultados, fortaleciendo la transparencia y el sentido de pertenencia.

  • Herramientas de financiamiento colectivo para proyectos puntuales, evitando la dependencia de financiamiento externo que no comparta los valores del sector.

  • Análisis de datos e inteligencia artificial para identificar necesidades de la comunidad, mejorar la asignación de recursos y anticipar problemas.

Existen casos inspiradores donde mutuales y cooperativas han duplicado su alcance gracias a estrategias digitales, mejorando la comunicación interna, sumando socios jóvenes y ampliando servicios. El desafío es que la tecnología no se convierta en un fin en sí mismo, sino en una herramienta para reforzar la identidad y la misión del mutualismo. Las juventudes pueden liderar este proceso, siempre que cuenten con el respaldo institucional necesario para experimentar, equivocarse y aprender.

3er Desafío: Contagiar las ganas de participación social

Uno de los desafíos más complejos que enfrentan hoy las organizaciones es la disminución de la participación activa de las juventudes en instituciones u organizaciones. Las razones son múltiples: sobrecarga de responsabilidades personales y laborales, crisis de representación institucional, y hasta la sensación de que estos ámbitos no tienen incidencia real en la toma de decisiones.

Para revertir esta tendencia, es fundamental que el sector ofrezca un proyecto atractivo, formativo y transformador para quienes se acercan. Esto implica pasar del tradicional paradigma del “sumate a ayudar” al mucho más inspirador “vení a crear juntos”. Desde temprana edad, generar herramientas que potencien una conciencia del quehacer colectivo, es tarea fundamental del sector y también del Estado. 

El rol de las organizaciones de segundo grado y tercer grado (asociaciones, federaciones y confederaciones) es clave por su importancia institucional, su alta visibilidad y los recursos que pueden a disposición para formar nuevos dirigentes.

También es central fortalecer el diálogo intergeneracional, para que la experiencia acumulada de quienes llevan años en el sector no se pierda, sino que se comparta y nutra los proyectos de las nuevas generaciones. Este vínculo puede dar lugar a mentorías, equipos de trabajo mixtos y espacios de reflexión conjunta sobre el rumbo de la organización.

Recuperar las ganas de participar no es solo una cuestión de comunicación o marketing: es ofrecer un espacio donde las juventudes puedan sentir que su tiempo y energía se invierten en algo que vale la pena, que tiene impacto y que, sobre todo, les pertenece.

Reflexión Final

Las juventudes no son únicamente el futuro del sector cooperativo-mutual: son su presente más urgente. Los desafíos que enfrentamos —desde la transformación territorial hasta la integración tecnológica y la revitalización de la participación social— requieren de nuestra energía, creatividad y compromiso.

Una de las preguntas más acuciantes a mi entender es ¿cómo hacernos cargo del mundo que nos toca re-construir? Impulsar procesos de cambio en los territorios, aprovechar las herramientas tecnológicas y volver a encender la llama de la participación son tareas que se retroalimentan: no se puede transformar un territorio sin involucrar a la comunidad; no se puede motivar la participación sin canales ágiles y atractivos; no se puede usar la tecnología de forma efectiva si no responde a una necesidad concreta del territorio.

La ESS del siglo XXI tiene en sus manos la posibilidad de renovarse sin perder su esencia. Para lograrlo, debe poner fichas en las juventudes, apostando a un trabajo colaborativo que reconozca y valore todas las voces. El momento de actuar es ahora.

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